YOKO TAWADA

Traducción de Carmen Martinéz

Extraño en lata

 

En todas las ciudades hay un número sorprendentemente alto de personas que no saben leer. Algunas son todavía demasiado jóvenes para ello, otras rehúsan aprender los caracteres. Hay también muchos turistas y trabajadores de otros países que viven con otros caracteres. A sus ojos, la imagen de la ciudad aparece cifrada o velada.

Cuando llegué a Hamburgo conocía ya todas las letras del alfabeto, y sin embargo, podía contemplar largamente cada una de las letras sin reconocer el significado de las palabras.Todos los días miraba, por ejemplo, los carteles enfrente de la parada del autobús y no leía jamás el nombre de los productos. Solo sé que en uno de los carteles más bonitos aparecía siete veces la letra «S». No creo que esa letra me recordara la forma de una serpiente.

No solo la «S», tampoco las otras letras del alfabeto, al contrario que una serpiente viva, tenían carne ni humedad. Repetí el sonido «S» en la boca y noté de pronto que mi lengua sabía extraña. Hasta entonces no sabía que las lenguas también podían saber a algo.

La mujer que conocí en aquel entonces en esa parada de autobús tenía un nombre que empezaba por «S»: Sascha. En seguida me di cuenta de que no sabía leer. Me miraba con intensidad e interés cada vez que me veía, pero nunca intentando leer algo en mi cara. En aquel tiempo experimenté a menudo que la gente se intranquiliza cuando no puede leer mi cara como si fuera un texto.

Es curioso que una expresión facial extraña se compare frecuentemente con una máscara.

¿Subyace en esa comparación el deseo de descubrir tras ese rostro extraño uno familiar?

Sascha sabía aceptar cualquier tipo de ilegibilidad con calma. Ella no deseaba «leer» nada sino contemplar todo detenidamente. Andaría probablemente por mitad de los cincuenta. El color de su pelo no lo recuerdo. Como no aprendí de niña a hacerlo, ahora no sé recordar el color del pelo.

Sascha esperaba a menudo en esa parada de autobús para recoger a su amiga. Porque Sonia, así llamaba a su amiga, no podía bajarse del autobús sola. Sus brazos y piernas no conseguían alcanzar al unísono una meta porque no se atenían a indicación alguna.

Sascha estrechaba los brazos y las piernas de Sonia exclamando varias veces su nombre como si el nombre pudiera hacer de los miembros una unidad.

Sascha y Sonia vivían juntas en un piso.Tres veces a la semana venía un asistente social a su casa y se ocupaba de todo lo que hubiera que hacer por escrito. Excepto leer y escribir sabían hacer todo lo que necesitaban para vivir.

También me invitaron un par de veces a tomar café a su casa. Hubo preguntas que Sascha y Sonia nunca me hicieron y con las que, sin embargo, me topaba continuamente por todos sitios: esas preguntas comienzan con «¿Es verdad que los japoneses .......?» O sea, que la mazoría de la gente quería saber si aquello que había leído en el periódico o en una revista era cierto o falso. También me hacían muchas preguntas de las que empiezan con «¿En Japón también se ....?» Yo no las podía contestar. Todo intento de describir la diferencia entre dos culturas resultaba un fracaso. La diferencia se me había aplicado directamente sobre la piel como una escritura extraña que, aunque podía sentir, no podía leer. Todo sonido extraño, toda mirada extraña, todo sabor extraño tenían un efecto desagradable en el cuerpo hasta el momento en que el cuerpo mudaba. Los sonidos «Ö», por ejemplo, penetraban demasiado profundamente en mis oídos y los sonidos «R» arañaban mi garganta. También había giros que me producían escalofríos, por ejemplo «poner de los nervios», «estar hasta las narices» o «irse a freir monas».

La mayoría de las palabras que salían de mi boca no correspondían con mi forma de sentir.

Además me di cuenta de que tampoco en mi lengua materna existía una palabra que correspondiera con mi forma de sentir. Solo que yo no lo había sentido así hasta que empecé a vivir en una lengua extraña.

 

A menudo sentía aversión hacia las personas que hablaban fluidamente su lengua materna.

Daban la impresión de no poder pensar ni sentir nada más que aquello que su lengua les ofrece tan pronta y solícitamente.

Desde nuestra parada de autobús no solo se podían ver los distintos carteles publicitarios, sino también los rótulos de algunos restaurantes. Uno de ellos pertenecía a un restaurante chino, «El Dragón de Oro» se llamaba. Dos caracteres chinos brillaban en oro y verde. El primero significa «oro» y el segundo «dragón», le expliqué a Sascha, mientra esta miraba largamente el rótulo. Sascha me dijo entonces que el segundo caracter tenía ciertamente una forma similar a la de un dragón “auténtico”. Sí que es posible ver en ese signo la imagen de un dragón: la cuadrícula superior derecha sería la cabeza y los trazos de la derecha me recuerdan al lomo del dragón. Sascha, sin embargo, sabía que no era una «imagen» del dragón porque me preguntó si yo también sabía escribirlo.

Unas semanas más tarde Sascha me dijo mostrándome una taza de té que había descubierto en ella el signo del «dragón». Efectivamente aparecía ese signo en la taza. Sascha la había encontrado en una tienda y la había comprado inmediatamente. Por primera vez en su vida podía leer. Entonces quise enseñarle más caracteres. Sí que seguirá siendo analfabeta al no saber leer el “alfabeto”, pero ahora sabe leer un caracter y sabe también que el alfabeto no es el único sistema de escritura en el mundo.

Delante de la parada del autobús había un pequeño comercio en el que de vez en cuando Sascha compraba un jabón para Sonia. A Sonia le encantaba ese jabón, mejor dicho, lo que le encantaba era el envoltorio del jabón. El envoltorio del jabón era engañoso: en el papel aparecían pintadas mariposas, pájaros o flores y sin embargo el contenido era un jabón. No existen muchos productos en cuyo envoltorio aparezca pintado algo que no tiene nada que ver directamente con el contenido. Sonia desenvolvía el jabón inmediatamente cuando lo recibía de Sascha y después lo envolvía de nuevo.

Una vez había en la cajetilla del jabón un ave fénix y encima aparecía escrito en finas letras «Jabón», lo que Sonia, naturalmente, no pudo leer. Sonia entendió solo la imagen del ave y el contenido: el jabón.

Solo porque existe la escritura, pensé para mí entonces, han pintado en el envoltorio un ave fénix y no una pastilla de jabón. ¿Qué es, si no, lo que podría sujetar el significado del contenido, o sea el jabón, de no estar ahí la escritura? Existiría el peligro de que con el paso del tiempo el jabón se convirtiera en un ave fénix y saliera volando.

Una vez me compré en el supermercado una lata donde había pintada una japonesa. En casa abrí la lata y encontré un trozo de atún dentro. Parecía que durante la larga travesía marítima la japonesa se hubiera transformado en un trozo de pescado. Esta sorpresa la tuve un domingo, porque había decidido no leer nada escrito los domingos. En su lugar observaba a las personas que veía por la calle como si fueran letras sueltas.

A veces un par de personas se sentaban juntas en un café y formaban así una palabra durante un rato. Después se separaban para formar otra palabra nueva. Ha tenido que existir un momento en el que la combinación de esas palabras haya compuesto casualmente varias frases y en el que yo haya podido leer esta ciudad extraña como si fuera un texto. Pero jamás descubrí una frase en esta ciudad, sino solo letras y a veces algunas palabras que no tenían nada que ver directamente con el «contenido» de la cultura. Estas palabras me motivaron de vez en cuando a abrir el envoltorio exterior para descubrir un segundo envoltorio dentro.

 

 

 

 

Transformaciones. Conferencias sobre poética en Tübingen

Traducción de María Eugenia de la Torre

 

III.- La cara del pez o el problema de la transformación

 

[...]

No se puede dejar a un lado el motivo de la cara si se aborda el tema del extrañamiento. Los nativos les cubren las caras a los viajeros con numerosas máscaras, porque si no, permanecerían invisibles. Hay una escena en mi narración “El baño” en la que la narradora en primera persona vuelve a Japón después de una larga estancia en Europa. La madre la mira perpleja y pregunta:

“¿Por qué se te ha puesto una cara tan asiática?”

La narradora en primera persona responde:

“Dices tonterías, madre. Es lógico. Soy oriental.”

La madre replica:

“No lo decía en ese sentido. Se te ha puesto una cara extraña; como a los japoneses que salen en películas americanas.”

Las expectativas de los observadores producen máscaras y éstas crecen y penetran la carne de los extranjeros. Así, las miradas de los otros se graban en la propia cara. Una cara puede obtener más de una capa. Quizá se puede hojear una cara como un informe de viaje.

A veces se traducen caras extrañas como se traducen conceptos extraños, y no sólo en la mente de una persona, también por ejemplo en una foto. Roland Barthes comenta la foto suya que apareció en un diario japonés de la siguiente manera:

“Este conferenciante occidental experimenta una japonización cuando el periódico Kove Shinbun le retrata; la tipografía de Nipón le hace los ojos más estrechos, las cejas más oscuras.”

Una vez en Nueva York me dijo una fotógrafa americana que mi foto de autora era como la de una escritora alemana. Desde entonces observo con exactitud las fotos de los autores en los libros norteamericanos (54) y, de hecho, he establecido diferencias con las fotos alemanas. En los libros norteamericanos se presenta al autor como a una persona normal: como a alguien que puede ser un vecino del lector. Por el contrario, la cara de un autor alemán se presenta en la foto como un muro histórico imposible de demoler porque ya no existe. Su piel se cubre con una capa sagrada y, con ello, impenetrable. El miedo a la hipocresía obliga a su boca a mostrar mal humor. Los ojos también brillan críticos y narcisistas a la vez, como si el autor quisiera decir al lector: sin embargo, no escribo para usted. En una foto de autor, la cara encarna el concepto de autoría tal y como se produce en una cultura específica. Así se escriben, no se retratan las caras.

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