Yoko Tawada, El Alfabeto
... Ante mi ventana pasaban
las sombras de las nubes en la superficie del mar de una manera rara.
Miré y ví que las nubes mismas se movían muy
rápidas.
Pensé que el huerto de plátanos se había acercado esta
mañana a mi casa. Recuerdo haber leído alguna vez acerca de una
mata de plátano que caminaba. Pero sólo lo hacía de noche.
Estoy segura de que estaba tranquila. Para entretenerme conté los cactus
que podía ver desde la ventana y memoricé el número.
Después contaría nuevamente los cactus. La comparación
aclararía si los plátanos realmente subían poco a poco la
cuesta o si simplemente era mi imaginación. Las plantas no me interesan.
Pero si alguien me hubiera preguntado por mi planta favorita mi respuesta
hubiera sido los cactus. Es porque no tienen hojas, aun sin agua se ven lozanos
y tampoco son muy útiles. Al menos se encargan de mantener una distancia
entre los plátanos y mi ventana. Por eso eran muy importantes para
mí.
Mi pluma rozó las letras del original, dejó una mancha,
revoloteó por el aire, se posó de alguna manera en el papel del
manuscrito y redactó en serpentinas las palabras de la
traducción. Yo no pensaba en nada; simplemente movía la mano.
Estaba tan oscuro que sólo podía leer las letras si me inclinaba
ante ellas. Afuera había un ruido tan grande que el alboroto aún
entraba por las ventanas cerradas. Seguí con mi trabajo sin prender la
luz, sin decir algo, es más, sin saber lo que estaba haciendo. No es que
no sienta nada o que no haya tenido fuerzas. ¡Al contrario! Cada vez que
me encontraba con un agujero despertaba tanto mi curiosidad que quería
meter la mano.
Probablemente porque el sol estaba cayendo e iluminaba tímidamente
la cuesta arenosa los cactus ahí parados parecían guardias. Les
susurré: No dejen entrar a nadie. Les tenía más confianza
y respeto que a los hombres, pues no tenían hojas, con las cuales
podían crujir. No importaba cuán fuerte fuera el viento, no
emitían ni un solo sonido. Pero detrás de ellos se acercaba un
grupo estruendoso. Sólo podían ser los plátanos.
La lava endurecida de la última erupción pasaba como una faja
al lado de la casa hasta el mar. La senda negra estaba ahí como un
río; pero ¿cómo lo había de llamar? En la penumbra
realmente parecía ser un río verdadero y yo podía escuchar
su rumoreo. Una vez que caminé sobre este río al lado de una
mujer que no conocía. Sin preguntar, lo supe: era la autora. ...
Petronio Pérez Pulido, El mar no
es un elefante
Desde allá, del mar lejano, venía el clamor
profundo de las olas. Era un grito largo a veces como un gemido de queja, en
ocasiones como un alarido de espanto. No cesaba. Extendíase por el
pueblo, hondo y grave, como si arrancase del seno misterioso de lo infinito. Parecía
que el mar hubiese crecido silenciosamente en la oscuridad, como si hubiera
venido una inmensa ola agitando suavemente los rizos de su superficie...,
¿hasta dónde?
Ni siquiera los más ancianos recordaban un
día tan intenso de lluvias como el de la noche anterior. La gran mancha
marrón que se iba expandiendo por el mar, daba fe de que el Barranco de
las Angustias traía un inmenso caudal.
Las aguas, encajonadas en un cauce estrecho,
corrían con ímpetu loco, saltándose y revolviéndose
airadas, clamorosas, siempre con la amenaza de destruir cuanto hallaran al
paso, descuajando peñascos, arrastrándolos, rompiendo la
resistencia de un mar embravecido, con estrépito pavoroso, con estruendo
sobrecogedor, y brindando, al mismo tiempo, un espectáculo
mayestático, imponente, salvaje.
Debido a la cantidad de áridos que el barranco
arrastraba, la playa se fue haciendo cada vez más grande. El poderoso
mar rugía y arrojaba sus olas contra la arena, dando un brillo azabache
a las rocas que se internaban en él. Pequeñas burbujas se adherían
a las piedras y estallaban de repente, mientras cangrejos y diminutos animales
marinos corrían de un lado a otro buscando refugio en los
pequeños agujeros donde no llegaba su violencia.
El pequeño y viejo puerto, cual valiente
centinela, seguía resistiendo los enfurecidos embates de aquellas
montañas de agua. Junto a su base, las ondas se revolvían, se
encrespaban, se agigantaban, saltaban, batían los prismas con traidores
remolinos. En las covachas, como guarida de monstruos, el agua rezongando
clamorosa dentro, escupía al aire sus espumas
En la batea en que Ica lavaba la ropa, el barquito
navegaba bajo las miradas alegres del niño y del padre. No tenía
timón, andaba sin dirección, por eso nunca llega el quedaba
parado en medio de la batea o andaba sin brújula. El pequeñito
hablándole en su media lengua, que recordaba la de un extranjero,
decía al padre:
–Pa, tempetá.El padre
sabía que le pedía que desencadenara una tempestad sobre la
batea. Entonces, Ricardo Pical hinchaba los carri-llos y desencadenaba un
furioso nordeste sobre la batea. El barquito giraba sobre sí mismo,
corría a merced del viento y el chavalito aplaudía con sus
manitas sucias. Ricardo Pical hinchaba más sus carrillos y
producía un viento más fuerte. Silbaba imitando la canción
de la muerte del nordeste. Las aguas de la batea, tranquilas como las de un
lago, se agitaban, las olas asaltaban el barco que terminaba por llenarse de
agua y hundirse lentamente. El niño aplaudía y su padre
veía siempre con tristeza el naufragio. Aunque fuese un juguete, hecho
de sus propias manos, era, de cualquier manera, un barco que se hundía.
El barco voleado en el fondo. El niño metía la mano en el agua y
lo rescataba. El juego recomenzaba y así la criatura y su padre pasaban
la tarde, sobre ese mar en miniatura, mirando el barco de juguete, contemplando
el verdadero destino de los hombres, del mar y de los barcos.
Ica observaba con temor el oso, el payaso, el tren
abandonado. Su hijo nunca había hecho descarrilar el tren en la acera.
Los destinos de la tierra no le interesaban. Sus vivos ojos no eran más
que para ver el pequeño barco en su lucha contra la tempestad y que
desencadenaba el soplido de su padre. Y se olvidaba del oso, del tren, del payaso. ...