UDO O. RABSCH  «KAIMAN LINKS»(una novela)

 

Pags.103-111

 

Traducido del alemán por Carmen Martínez Labiano

 

 

 

 

 

«Enseguida vuelvo.»

 

Voy hasta el cruce de carretera, al nuevo local «El Guanche», que han abierto bajo un amontonamiento de piedras. Desde ahí hacia abajo, la vista alcanza hasta el puerto de Tazacorte. Qué bonito había sido aquello. El gran portón del transbordador, de cuya proa iban surgiendo los pasajeros con las sensaciones de comienzo y de final, con esas sensaciones cuya efervescencia, sin embargo, se amortiguaba ante la aglomeración de gente, de los puestos de fritanga, de los cobertizos para aperos de  puertas rojas, verdes y azules, de los vendedores de pescado, de los músicos y de los artistas callejeros.

 

El vendaval me sacude, a pesar de que me deslizo agazapado al socaire del muro de lava y de las casas hacia la entrada del pueblo, bajo las modernas luces de neón amarillas, siguiendo la alineación de sus mástiles de acero con forma de látigo, que irradian su luz como si fuera esta un cuerpo sólido capaz de repeler el ruido. Ahí me recupero, respiro pesadamente y pienso con ira en el espectador. Después me arrojo de nuevo a la oscuridad como a un torrente atronador.

 

Furioso, entro en el bar subterráneo. El espectador está apoyado en la barra. Me dirijo con decisión hacia él, sin saber lo que debo hacer. Lo miro fijamente, y como bajo una lente de aumento viene a mi encuentro esa sonrisa inocente, despiadada, dispuesta a todo. Sus labios se fruncen, se vuelven carnosos y chulescos, finalmente se abalanzan sobre mí como las palas de una escavadora.

 

«¿Me ha reconocido? ¿Ha dicho algo?»

 

Lo golpeo en la cara. Ni siquiera se defiende. Lo golpeo y golpeo. Cada vez me enfurece más esa resistencia demasiado blanda, que no para de hablar.

 

«Todavía la amo, yo... yo ... ella ... ella.»

 

Iba a acabar matándolo. Soy un atleta de lo terrígeno. Para ser sexagenario tengo los músculos de un semidiós griego. Antonio, el antiguo camarero del bodegón Tamanca, que se ha independizado, sale de detrás de la barra y me sujeta. No necesita emplear fuerza. Qué es lo que me pasa. Mis golpes han dejado atrás un rostro ensangrentado. Y sin embargo, habían sido delicados como la caricia de una mano infantil.

 

«Que no te vuelva a ver. ¿Me has entendido?»

 

mascullo todavía, mientras Antonio me conduce hasta afuera.

 

A trompicones vuelvo al lugar donde dormimos. Una bocanada de noche y de aroma de flores diluye inmediatamente el recuerdo del combate de boxeo. Todo el aroma de los limoneros desgajados. Es como si mis piernas estuvieran regidas por el caminar de otra persona.

Se lanzan más allá de su destino y hay que retenerlas con un esfuerzo añadido.

 

La noche. No es una mera sombra. Tiene sustancia propia. Está compuesta de esencias aromáticas secretas, y gotea de las espinas de los cardones y de las expuestas hojas de los racimos de plátanos, que el vendaval ha desgarrado como el estandarte de un carnaval. La noche, la noche. Se desprende de los acantilados como si se tratara de voladuras exactas de maestros dinamiteros. Ella es el gas pesado de la tierra que hace emerger y estallar las almas.

 

El amanecer siguiente se yergue como un gigante. Percibo su poderosa espalda y me quedo quieto. Cualquier movimiento puede resultar peligroso.

 

El lugar donde dormimos lo hemos elegido bien. Un angosto barranco con grandes escalones de basalto azul grisáceo. Sin la habitual vista que de inmediato se abalanza sobre uno como una fiera. En la pared, a derecha e izquierda hay tuneras de frutos amarillos, rojos y violetas y de diminutas espinas que convierten en tortura el recolectarlos. Sobre nosotros, la lona de manchones verde oliva, y entre mis pies el plinto del tejado de la tienda, el sendero con sus matas de ricino, con los restos de una furgoneta Renault, y el azul claro de los espacios intermedios que bien podría ser ya el mar o todavía el cielo.

 

El vendaval sigue ahí. La lona crepita. Pero las tuneras no se mueven lo más mínimo. La paja de la cebadilla tampoco se agita apenas. El rugido, el estruendo, los silbidos y gritos simplemente no pueden con el silencio. De nuevo el silencio. En este momento está rebasando mi esternón. Se inicia arriba en el Pirigoyo y se adentra en el barranco. Anhelo un dolor, un roce, pero penetra en mí leve como un aliento. El silencio, el silencio.

 

¿Será el mismo lagarto de ayer el que me está mirando desde una grieta en la roca? Son los mismos ojos a treinta, a cuarenta centímetros de los míos, despiertos, sumamente  pensativos, ¿por qué querrá este animalito ser más humano que los humanos?, supera en mucho al perro de lanas, porque carece de vanidad.

El resto de su cuerpo se asemeja a la piedra, a no ser por el latido del corazón; en realidad el restante cuerpo es un corazón pétreo. Fuerzo mis ojos para resistir los suyos. Me parece que han comenzado a salirse de sus órbitas.

 

«¡El desayuno!»

 

reclama la jefa. El vendaval me alcanza con todo su ímpetu. Los lóbulos de mis orejas  se agitan, la rejilla del carro del supermercado emite silbidos estridentes. Aparto la manta y me incorporo de un salto. El vendaval lanza de inmediato la colchoneta al sendero, corro tras ella. Una nube de polvo gris baja en remolinos desde mis pies hacia el pueblo.

 

«¿Dónde está mi desayuno?»

 

La frase de la jefa me alcanza en medio del corazón. Cuando la dice por segunda vez, cómo vuela silenciosa y somnolienta en pos de mí, a unos treinta metros más abajo. Las palabras se balancean y las sílabas se dispersan como pequeñas naves espaciales sin piloto, procedentes del universo silábico.

 

«Ya voy, señora. Intente dormir un poco más. Enseguida lo tengo listo.»

 

Me pongo mis ropas alemanas, cojo los bidones de agua, y bajo hacia la tienda. El vendaval me empuja hacia adelante.

 

La tienda y la plaza del pueblo se encuentran sobre una pequeña planicie inclinada, de cien metros de diámetro, que se asoma sobre el acantilado como un balcón. La mirada, aunque dirigida fijamente hacia el suelo, es estampada por un momento contra la picuda pared volcánica,  a la vez que sobre el Atlántico. Mi mirada, sí, ¿quién si no? O algo en mi interior, que es ligero como los porosos guijos de lava bajo mis pies. Mi persona se parte de un tajo; mi cuerpo con los dos bidones de plástico caminan hacia la tienda, mientras mi alma se arremolina en torno a mí como una esfera. Siento alivio cuando alcanzo la puerta, y penetro, junto a una nube de polvo volcánico, en el espacio agradablemente oscuro que huele a tomates pasados, queso de cabra e insecticida.

 

¿No les ocurre lo mismo a las casas? ¿Acaso no se les han desgajado sus almas hace tiempo y andan rodeando tambaleantes sus muros de negros fragmentos de lava superpuestos, sus frentes con jardines de guijos volcánicos, sus patios de cemento, sus aceras y miradores, con sus pedazos de césped cuidadosamente regados? ¿Acaso las pálidas y desangradas casas no están prisioneras en sus uniformes, eternamente acechadas, eternamente sitiadas por los brotes de parra?

 

«Bésame mucho»,*

 

tansportan a bandazos las ráfagas de viento hacia la plaza del pueblo. La jefa vuelve a cantar. Está haciendo tiempo antes del desayuno.

 

«Como si fuera esta noche la última vez.»*

 

La cola de una cometa infantil azota un almendro. En los cables del teléfono se agitan las bolsas de plástico en las que se transporta el azufre a las viñas, prendas colgadas se sacuden contra el cielo como si fueran parte de la corona de espinas del sol matutino.

 

«Bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después.»*

 

Salgo del socaire del muro. El vendaval me arroja inmediatamente hacia el lado de la pista que da al mar. Me inclino compensándolo, como si me hubieran cargado un saco de cemento sobre el hombro izquierdo. Es entonces cuando oigo, entre los jirones de la sonora canción que bajan del barranco, una grave voz masculina como si fuera la sombra de esa melodía. Avanza por el suelo a trompicones, todavía más desgarrada por los obstáculos. Tras algunos pasos, lo veo. Está apoyado contra el zaguán de la casa más próxima. Me sonrie mientras canta. Su rostro está enrojecido, está dispuesto. Él es la única mancha de color en la pantalla gris, en la que el sol y la noche se proyectan cada mañana.

 

«Bésame mucho.»*

 

Por qué esa cara colorada. Cara de tomate.  Cara emprendedora , excitada, extenuada de un tomate.

 

Me detengo. No sé. Lo miro. La cara, vaya cara, sucia y ensangrentada. Una cara común, la frente, los ojos, la nariz, la barbilla, los pómulos, el pelo, que se le pega en un mechón a la frente; una cara, ni joven, ni vieja y totalmente inadecuada al definitivo silencio que emana el muro de piedra a su espalda, al de la solitaria blancura de una casa, al de los muros de las viñas, que van hundiéndose en el polvo volcánico, que nunca fueron parte de imperios en decadencia. La cara con su excitación roja como tomate y su bigotillo torcido, como un  motor que resultara demasiado pequeño para los diálogos y propósitos que ha de impulsar. Me sonríe.

 

¿Debo golpear ese congestionado rostro revolucionario para que nos deje tranquilos? Dejo los bidones de agua en el suelo, me adentro en el vendaval, cruzo la calle y me erijo ante él. Le permito que acabe su canción, o sea, a él y a la jefa.

 

«Libera mi corazón

abrazalo con el tuyo

abrazalo con el tuyo»*

 

Una canción de Carlos Gardel. ¿De qué la conoce? La voz de ella baja hecha añicos del barranco, la de él, sin embargo, brota de su boca sobre mi cara, fresca y clara como el agua,. Levanto los puños para golpearlo, pero los dejo caer de nuevo. Recojo los bidones y vuelvo al barranco adonde la jefa.

 

«¡Mentiroso, embustero, granuja! ¡A mí no me engañas!»

 

le grito por encima del hombro. Las palabras son atrapadas por la voraz corriente de aire.

 

«Hace tiempo que estás acabado, muerto, fuera.»

 

¿He dicho que en Las Manchas las casas se pierden en un precipicio que se prolonga por kilómetros? En una cima se halla Las Manchas Arriba. Debajo, aferrado a las paredes del barranco, está lo que llaman Las Manchas Abajo. El centro lo constituyen la plaza con mosaicos, la tienda y las ruinas de lo que fue el ayuntamiento de dos pisos, con la bandera nacional olvidada. El conjunto tiene la forma de un signo de interrogación o la de un hombro y un sobaco. Tres conos volcánicos y la carretera a San Nicolás trazan el límite hacia el monte. Por encima se elevan las viñas y las desnudas laderas de ceniza, después el tupido bosque de montaña. Al norte está la negra corriente de lava del San Juan, al sur, la pared de un gran barranco de basalto claro y plateados cardones. Al oeste los muros de hormigón de las plantaciones recortan grandes rectángulos contra el mar.

 

En mañanas con el rigor de un espejo ustorio no hay colores. Lo único que cuenta son las casas blancas que sobresalen de las cascadas de luz, boyas ancladas en la profundidad, envueltas en la maraña de las viñas y en las sombras de cabras y personas.

 

La jefa no come nada. Le digo,

 

«Coma usted, señora.»

 

En su lugar canta.

 

«Fumar es un placer genial, sensual.

Fumando espero

al hombre que más quiero.»

 

Entre canción y canción fuma los cigarrillos de picadura, o escribe las cartas, que yo tengo que echar al buzón, y que están dirigidas a una empresa en Alemania. Como remitente indica «Lista de Correos, Los Llanos de Aridane». Una vez al mes voy en autobús a la estafeta de

correos de la ciudad, pero nunca hay un envío para ella. Cuando vuelvo, encojo los hombros y le muestro las manos vacías. Entonces veo cómo una sombra cruza sus ojos,  y ella dirige la mirada al suelo con más esfuerzo que el habitual y su rostro casi se hunde en un mar de convulsiones.

 

«¡Qué me miras! Hay que remendar los trajes, y la máscara del toro está rajada.»

 

 

 

 

 

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·          En español en el original.

 

 

Pag. 117

 

¿He dicho ya que la isla es un caimán, un trozo desprendido del sol?

 

Lo he leído en una enciclopedia, o me lo ha contado uno de esos turistas locos, uno de esos catedráticos trotamundos que encuentras sentados en la playa con la mirada fija en el agua y los volcanes.

 

La siento de nuevo, la presión de la luz, su peso sobre mi espalda como un ladrillo incandescente. Fluye de las bocas en calma de los volcanes. Emerge con empuje de los bosques y rocallas. Todo comienza a brillar y refulgir. Por la tarde se alzará por todo el lado oeste y le hará sombra al sol. La puntas de las tunas se volverán tentáculos blancos de incandescencia. La figura rojiza de la jefa penderá como un carbón tétrico sobre el océano blanco. Entre cielo y el agua sólo queda ya el silbido y el centelleo, el aleteo que relampaguea de una pared a otra. Los tallos de hierba son bengalas y salpican luz. Piedras, latas de Coca-Cola, la rejilla del carro del supermercado, todo fosforece, todo está rabioso y a punto de estallar, todo quiere ser sólo luz. Hasta el perro de lanas, que se aprieta contra el cobijo del acantilado, brilla como un leño incandescente del almendro. Solo falta la sacudida de un atizador para que su forma de perro se deshaga en ceniza.

 

Todavía cuando se está poniendo el sol y nos preparamos para la función, refulgen la roca y el cactus y la pista, pero entonces suavemente y sin herir los ojos, concentrados en sí mismos. La luz se sumerge hacia las raíces de plantas y piedras.

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Pag. 178

 

¿Recuerdas el año de las telas de araña, cuando el lado oeste parecía el rostro de una novia, oculto entre velos? El mismo año en el que el tañir de los campanarios hacía temblar los pueblos, donde las gentes seguían temblando una vez que ya había pasado todo. Cuando las moles de basalto, grandes como camiones de plátanos, se desgajaron y aplastaron casas y pajeros, viñas y caminos.